Hemos venido al alto de Brañavieja para buscar desde aquí las aguas primeras del río Saja;' para soñarlas, porque la distancia es larga y harto difícil el camino que podría llevarnos hasta ellas. Pero quien llegue a este lugar con los mismos propósitos corre el riesgo de olvidarlos pronto. Deslumbrado por el privilegiado panorama que se presenta ante sus ojos, puede pasar aquel interés a un segundo lugar; el valle de Polaciones, en la vertiente Norte de la Sierra de Cordel, frente al viajero, ejercerá sobre él un tirón irresistible. Para vencerle, para no dejarse llevar por espejismo tan atrayente, se requiere una violenta acción sobre la voluntad. Y si el viento Sur abre el abanico de los montes y aclara el paisaje próximo, por el que empieza a discurrir el otro río, el Nansa, hasta el embalse de la Cohilla, la emoción sube de tono.

Puede ocurrir que el día nos depare otra sorpresa, que un mar de nubes lo oculte todo a nuestra vista, envolviendo en densos algodones tierras y pueblos que no vemos, que quedan sólo al alcance de la fantasía humana y allí, muy lejanas, brillen alumbradas por el sol las crestas más altas del macizo oriental de los Picos de Europa.

Pero no, no es éste el mundo que buscamos hoy. Hemos venido en busca de las fuentes del Saja, escondidas a nuestros pies, entre el Cueto de la Concilia y el Alto de la Pedraja, sin dejar que el cerro de los menhires nos vuelva a alejar otra vez de nuestro fin. ¿O es este cromlech el monumento que el hombre primitivo concibió para señalar a la posteridad las fuentes del río? Entre una espesa vegetación nacen estas aguas primeras ;; nuestra imaginación las oye saltar entre piedras y arbustos. Limpias, claras, espejo en algún remanso para hojas de avellanos que se miren en ellas, o, quién sabe, si para tiernos ojos de un joven ciervo, narciso extraviado de su recinto en la Reserva Nacional del Saja.

José María de Cossío, buen conocedor del terreno que pisamos, nos sitúa el nacimiento del Saja en las proximidades de "los molinos del Diablo", como llaman los lugareños a esta zona de enormes peñascos, que parecen plantados por la mano del hombre, como los recios árboles que aquí crecen:

"Algo más arriba tiene su nacimiento el río Saja, que en aquellas alturas llaman río de la Guariza. Por encima de su nacimiento pasamos para seguir por brañas más transitables hasta el otro collado que se abre franco y hoy se utiliza por la carretera del monte Saja que comunica Cabuérniga con Campóo".

Un águila silenciosa alza su vuelo desde el Pico Liguarde y nuestros celosos ojos la siguen, buscando en ella el guía necesario para la imaginación. Pero si no somos habituales montañeros, hemos de ser realistas y volver a aquella carretera que cita Cossío para encontrarnos con las aguas del Saja, después de dar un largo rodeo por el Puerto de Palombera. A nuestras espaldas ha quedado el Collado de Sejos -tu Sejos del confinamiento, Emilio de Mier-, que arrancó al poeta montañés José María de Aguirre bucólicas estrofas por las que resuena el río:

En brava libertad salta y retoza
el agua entre argomales y entre brezos
con ímpetu en las guijas se destroza
y entre saltos y golpes y tropiezos
las muertas soledades alboroza.

Por estos riscos ante los que ahora nos encontramos, hizo pasar José María de Pereda a su personaje Marcelo, de Peñas Arriba, guiado por el inigualable Chisco, en su camino de Campóo a Tudanca. Es inútil que tratemos de localizar la geografía del trayecto que siguieron, que forzosamente se cruzaría con el nuestro, pues el autor ofrece una descripción irreal del mismo, sin concreción alguna.

Encuentro con el Saja
Pero aquí está ya el río, que salta y retoza ante nuestra vista, despeñándose violentamente entre las fauces del Pozo del Amo, para serenarse poco despues de cruzar la carretera por debajo de un airoso puente, donde José‚ María de Cossío mandaría detener el vehículo que le conducía a Madrid desde su Tudanca, para dejarse llevar por el embrujo de aquellas "muertas soledades" que traerían a su mente la otra soledad, la soledad sonora del amado poeta del Cántico espiritual.

Reanudamos el camino, ahora próximos a aguas ya más tranquilas, pensando que cada río labra a su manera el cauce y hasta parte del acontecer histórico que le corresponde. Ahora ya sabemos que las aguas primeras del Saja han tenido su origen en dos ríos, el Diablo y el Infierno, nombre con los que la sabiduría popular los ha bautizado para reflejar con ellos la rudeza del lugar por el que discurren sus aguas, que se juntan en "Trambusríos" (otro nombre del argot local) donde ya siguen con el nombre de Saja, hasta que las hemos visto derrumbarse por el Pozo del Amo.

El otro aspecto, el privilegio de albergar una cuota de la historia, no lo tienen todos los ríos de Cantabria ;; o son pocos en los que la encontraremos representada con tanta fuerza como en éste. Con ella nos tropezaremos a lo largo de nuestro recorrido, que ahora continúa paralelo al río, dando el nombre a un pueblo, Saja, hasta llegar a las proximidades de Correpoco, donde se le une el Lodar de Argoza, que antes ha reci- bido a su vez las del río Queriendo. Nos estamos moviendo por el corazón de la Reserva Nacional del Saja:

 

"Este bosque, de colorido siempre cambiante, alberga importantes poblaciones de animales que, a veces, encuentran en él su postrer refugio. Si alguno de los últimos ejemplares de urogallo cantábrico anidan en la enramada de la Reserva del Saja, son cientos las especies de animales que, menos conocidas por el gran público, o incluso a veces prácticamente desconocidas aún para la ciencia, conviven con aquél dando su riqueza al ecosistema forestal." (Juan Carlos García Codrón.)

Cerca de 200.000 hectáreas de superficie; las más diversas especies animales: ciervos, jabalíes, lobos, codornices, águilas, buitres, zorros, ardillas... ; y reinando sobre ellos, el oso y el urogallo, vedados a la caza. Viviendo todos en un mundo bellísimo de avellanos, abedules, sauces, robles, hayas, olmos..., de irrepetible encanto.

Si pensamos con Adriano García-Lomas que todos los mitos han nacido como explicación a un fenómeno natural, qué de extraño tiene que este espacio de la Reserva Nacional de Saja, dominado por una salvaje naturaleza, haya sido cuna para el desbordamiento de la imaginación popular que le pobló de anjanas y ojáncanos, recreados por la prosa magistral de Manuel Llano.

Bárcena Mayor
A la derecha del río, oculto de éste por lomas que aún mantienen alturas superiores a los 1.200 metros, hemos dejado el pueblo de Bárcena Mayor, que, fuera de la cuenca por la que corre el Saja, atrae al viajero por el imán poderoso de su singular caserío, cuyo conjunto parece haber nacido de una sola vez, en un momento determinado de la historia. No se aprecia en él un desarrollo marcado por el discurrir de los años, a pesar de que ya se hablaba de la existencia de "el señorío de Bárcena la mayor" en un documento firmado por el rey don Alonso de Castilla, Nájera y Extremadura, el 1 de julio de 1168. A su vista podríamos decir, con C. Alexander, que "la ciudad no es un árboi", pre tendiendo con ello singularizar esta impresión de trazado y tipología de viviendas unitarias, como proyectado por la misma mano y en la misma época. Hay un poco de misterio en torno a la existencia de este núcleo de población que se apiña como buscando defenderse del exterior y que una mente primitiva puede atribuir a antigua morada de anjanas y ojáncanos. Por su situación, apartado del camino transitado a lo largo de los siglos y envuelto por poblados bosques que parecían negarle a la civilización, ha vivido concentrado en sí mismo, con ese carácter de caserío cerrado con que aparece a nuestra vista. Los arquitectos opinan que estas viviendas actuales no van más all  del siglo XVIII ¿Dónde y cómo aquel núcleo inicial del siglo XII?

Pero volvamos por este camino que nos ha traído hasta Bárcena Mayor, para buscar el pueblo de Los Tojos, "por el declive de una eminencia [ ...] en un camino intransitable", escribió Pascual Madoz en los años de mediados del siglo pasado. Tenemos que subir a Los Tojos por ese camino, hoy ya no tan duro, pero sí dificultoso de trazado, si queremos tener allí nuestro primer encuentro con la historia -con la pequeña historia- a la que el Saja ha servido de base para su paso hacia mayores hazañas.

En Los Tojos, con Carlos I
Por aquí, por este alto de Los Tojos, en el camino que conducía a Castilla, pasó y posó su indispuesto cuerpo el rey don Carlos I, que había desembarcado empujado por violentos temporales, en Villaviciosa, en septiembre de 1517. De su paso por Llanes, Colomobres, San Vicente de la Barquera, Treceño y Cabuérniga, y las circunstancias y hechos que allí le sucedieron, nos ofrece buena cuenta un ayudante de cámara, de nombre Laurent Vital, que escribió detallada y extensa crónica del viaje. Por ella sabemos del mal estado de salud que le sobrevino al joven monarca, que llegó el 14 de octubre a "lo alto de una montaña llamada Los Tojos", donde se alojó dicho día, después de recorrer con su séquito buena parte de la cuenca media del Saja:

 


Vista del pueblo de Saja

"El 14 de octubre partió el rey de Cabuérniga, todavía bastante indispuesto, aunque se encontraba un poco mejor de lo que había estado. Por esta causa no hizo ese día más que tres leguas y fue a descansar a un pueblo muy malo llamado Los Tojos, que está en lo más alto de una montaña. Y como en ese lugar no había casa alguna que no fuese hedionda e infecta, por el estiércol del ganado, que está acostumbrado a dormir dentro, y como ese día hacía buen tiempo y el aire estaba limpio y tranquilo, los médicos tuvieron el parecer de que se levantasen tiendas y pabellones en medio de una hermosa pradera para alojar en ellos al rey y a toda la nobleza [ ...] Pero [como} alrededor de las montañas no hay seguridad ni estabilidad en el tiempo, os diré que un poco antes de cenar se levantó una negra fría niebla con un gran viento que creció cada vez más, de tal modo, que se convirtió en un rudo tiempo de tormenta, viento y lluvia [... ] Los médicos viendo este rudo tiempo [ ...] dijeron que de ningún modo el rey dormiría en su pabellón [... ] [y no encontraron] más sitio que en un rincón fuera de una casa y a resguardo de los vientos, bajo un tejado [ ...] Duró este rudo y mal tiempo toda la noche, y parecía una tormenta por lo que sonaba y silbaba el viento, que era fuerte e impetuoso, y la lluvia tan copiosa, en proporción, y sucedía así porque estábamos en aquella montaña, donde el viento encontraba menos impedimentos y tenía má s potencia."

Al día siguiente "el rey partió de aquella alta montaña y hacia un tiempo frío, feo y desapacible, a causa de que llovía, nevaba y venteaba demasiado." (L. Vital.)

Hoy Los Tojos ya no es aquel lugar de casas "hediondas e infectas". Se puede gozar desu hospitalidad y de la belleza de su entorno, encuadrado en el   rigor de una orografía que atrae al forastero con fuerza. Al final del camino por el que se extiende el pueblo os mostrán una vivienda. La llaman "la casa de los perros" ; oiréis decir a los vecinos que en ella se alojó el rey Carlos I. Carmen González Echegaray, recogiendo otra tradición, o leyenda, dice que fue Adriano de Utrecht, miembro distinguido del séquito del rey, quien pernoctó en esta casa.

Poco después de descender de Los Tojos, para buscar nuevamente el cauce del Saja que habíamos abandonado, volvemos al pueblo de Correpoco, que Gerardo Diego incluyó en su Santander, mi cuna, mi palabra, con esta pirueta poética

: Corre el Saja, corre loco.
Y allí, subido a un cueto,
mirándole, se está quieto
Correpoco.

Las aguas del Saja continuarán paralelas a la carretera durante un buen trecho. ¿Quién le diría a don Pascual Madoz que las truchas de este río, "por correr entre montes y cañadas sombrías, son de muy poca sustancia y aunque mejoran de calidad después de bajar a los valles, nunca pueden compararse con las de los demás ríos del partido de Reinosa"?

La cultura en las orillas del Saja
El Saja, rico en truchas sabrosas, queda ahora más ceñido a su cauce, corriendo por una amplia vega, la de Cabuérniga, que la da nombre. Y aquí, en Valle, capital de la comarca que estamos pisando, nos espera nuevamente la historia, en la que fue protagonista destacado el científico Augusto Gonzá lez de Linares, que había nacido en este pueblo el año 1845.

En el verano de 1875, "Linares, Giner y Salmerón, por caminos opuestos, van a confluir a la vieja casa de González de Linares, en el valle de Cabuérniga.

La agitación política y las miserias del mundo quedábanse del otro lado y más allá de los montes y los valles, donde la historia no transcurre apenas y el tiempo se acompasa con el vivir monótono de los aldeanos... En esta quietud, en este sosiego, de aire puro, de aguas mansas, de prados verdes, Giner y sus amigos meditan las bases de su futura Universidad y tal vez, provisionalmente, le adjudican el nombre -después definitivo- de Institución Libre de Enseñanza." (Antonio Jiménez Landi.)

"Del otro lado y más allá de los montes ha quedado la persecución por sus ideas pedagógicas nuevas, que habían chocado con violencia con las establecidas oficialmente y que dieron lugar a su separación de la cátedra y hasta el encierro en prisión. Esta historia que aquí comenzaba, iba a conmover el mundo español, no sólo el de la enseñanza, sino también, y de manera muy efectiva, el del pensamiento nacional.

Pero no podemos detenernos más sobre esta cuestión, aun cuando se trate de un hecho de gran interés para la evolución de la historia de la cultura española, porque no son estas páginas el lugar adecuado. Hemos de seguir nuestro viaje, acompañar al Saja en su descenso, ahora manso, regando mieses, pero no sin antes anotar el recuerdo de Manuel Llano, cuyo nacimiento quieren para sí los de Sopeña, pero que les discuten los de Carmona, que enseñan, a los que tienen esa curiosidad, la casa en que nació el escritor al otro lado de la Collada, de quien José María de Cossío escribió:

"Era la bondad misma, decorada con una timidez infantil, como la que le inspirarían los mitos de su niñez. Pero la experiencia le mostraba cada día que no eran anjanas beneficiosas ni ojáncanos de primitiva crueldad, fácilmente compensable, los que había de encontrar en su camino. Pasó necesidad, humilde y dignamente, vió el espectáculo de la necedad en su derredor comprensivamente, pero cuando la crueldad sin disimulo manchó de sangre los colores verdes de los prados de su Montaña no pudo soportarlo y murió de la guerra, como se muere de cáncer o de aneurisma."

Recientemente, en la Universidad de Verano de Laredo, se ha hablado de la prosa de Llano comparándola sin pérdida de rango con la de Azorín.

Siempre se ha dicho que Cabuérniga ha sido exportadora de cerebros bien organizados. Un cálculo en este sentido, diviendo su número por los metros cuadrados de superficie, daría, según dicen, una densidad superior a la de las demás zonas de la región; pero dejémoslo en ese dicho, sin aventurarnos en ejercicios que pudieran desmentirlo o confirmarlo. Limitémonos a recordar que aquí nacieron, además de Augusto González de Linares ya citado, el cardenal José María de Cos y el inquisidor Rubín de Celis; que aguas más abajo, a pocos kilómetros, vieron la luz primera el pintor Antonio Quirós y la escritora Consuelo Bergés; que aquí acunaron los primeros pinceles, en tierra de sus antepasados, Pancho Cossío y María Blanchard... Foramontanos de la cultura que formarían parte importante de esos cerebros exportados.

Cuando el río Saja llega a la ladera Sur de la Sierra del Escudo, después de pasar por Barcenillas y Ruente, su vida se transforma, cambia su rumbo, que ahora se orienta en dirección nordeste, y cambia también su carácter. De ser un río rural, con todo el encanto que esto le había dado, adquiere una fisonomía urbana a partir de la Hoz de Santa Lucía, que ya no perderá hasta la desembocadura en el mar.

Los foramontanos
Pero aquí hemos de detenernos, en la Hoz de Santa Lucía, boquete por el que iniciaron su camino los otros foramontanos, los del andar y el poblar. Es un nuevo encuentro con la historia.

Un documento fechado en el siglo IX dice que "las gentes de la Montaña salieron de Malacuera y vinieron a Castilla". Son los primeros pasos en la Reconquista de España. Se habla entonces de Corneca, generalmente traducido por Cabuérniga; de Malacuera, que fray Justo Pérez de Urbel atribuye al actual Mazcuerras, aun cuando con algunas cautelas. Por el Saja arriba, los hombres que desde nuestra Cantabria se incorporan al largo peregrinar de expulsar a los árabes del país, orientan sus pasos hacia Brañosera, la "braña de los osos", en los altos de Campóo, punto importante en esta labor que se habían propuesto.

En un monumento levantado junto a las aguas del Saja, donde el camino que viene de Cabuérniga se abre en dos brazos para dirigirse por uno hacia Cabezón de la Sal y por el otro a Mazcuerras, ha quedado reproducida una frase que dejó escrita el desbordado entusiasmo por lo local de otro de los foramontanos de la cultura, Víctor de la Serna: "Aquí empieza esa cosa inmensa e indestructible que llamamos España. "

El Saja actual, ya ajeno a aquellos ajetreos, corre por las mieses que se extienden entre Cabezón de la Sal y Mazcuerras, donde el nombre de dos mujeres se unen a la historia de estos foramontanos de la mente: Matilde de la Torre y Concha Espina, y el de un pintor, César Abín. Sigue su andar ya por el bajo curso del río, incorporándose cada vez más a la nueva conciencia urbana que ha adquirido, para llegar, después de atravesar Torrelavega, hasta la desembocadura en Suances, donde rinde sus aguas al mar en un postrer encuentro con la historia, pues los más serios investigadores aseguran que aquí estuvo el Portus Blendius de los romanos.

Aurelio G. Cantalapiedra